Así se empieza un día
Comenzamos nuestro primer día en Ubud. El plan inicial era tomarse el día con la calma, después de todos estos días de no parar. Nos despertamos ya con luz y vimos la maravilla que rodea el hotel villa en el que nos alojamos: campos de arroz con gente trabajando en ellos y todo esto rodeado de jungla.
En su momento decidimos reservar un sitio a las afueras de la ciudad de Ubud, para estar alejados de la marabunta de gente y del ruido. La verdad es que dormir con el sonido de las ranitas y de los grillos compensa ese rato en coche a la ciudad.
En el hotel nos prepararon un desayuno estupendísimo divino de la muerte y arrancamos la mañana. La fruta procede del propio jardín del hotel. El plato tenía sandía, piña y papaya. El café, como ya dijimos en la experiencia en el templo de Borobudur, es del que requiere paciencia para bajar los posos. Pero lo mejor fue el plato principal. Aunque la foto no le haga justicia, esa tortilla estaba perfectamente en su punto: es la primera vez en este viaje que no cuajaban todo el huevo. Además, eso verde, eran unos pancakes de plátano con té matcha, que parece estar muy presente aquí en Ubud.

Primeras impresiones
Por fin conseguimos pedir un Grab (la aplicación de taxi de aquí) y se notaba horrores que aquí el tráfico está mucho más atascado. Esto aumenta mucho el tiempo de espera a la hora de pedir transporte. Durante el camino el conductor nos contó que trasladarse ahora mismo en Ubud es muy complicado. Nos explicó que la ciudad recibe unas subvenciones estatales anuales para invertir en infraestructura que conviene agotar para poder renovarlas en los presupuestos del año siguiente. Durante la primera mitad del año, se intenta ahorrar por si hay imprevistos, pero una vez llega julio, empiezan las obras hasta final de año. Y aquí estamos nosotros en agosto, entre hormigoneras y montones de arena.

Llegamos al centro y nos metimos en el mercado de Ubud. Estaba repleto de chiringuitos con gente ansiosa por vender y, si no les haces mucho caso, te persiguen diciendo precios y bajando sobre la marcha. Carles encontró un puesto de camisas de lino, estaba dispuesto a comprarse un par, así que preguntamos el precio de una. Cuando nos dijo lo que valía y le dijimos que cuanto pedía por dos, ella misma nos dijo: «¿por cuanto lo compraríais?», como abriendo una puja de a ver quién ganaba. La verdad es que nosotros lo último que queríamos era regatearle unos euros a una vendedora de un mercado balinés, así que pese a saber que están acostumbrados a hacerlo así (y probablemente hinchan los precios), cedimos a la primera oferta. Ojalá esa mujer se pueda tomar una copa a nuestra salud.
Una ciudad «templada»
Aprovechando que el Palacio de Ubud quedaba cerca del mercado, decidimos ir a verlo. De camino, nos sorprendimos de la cantidad de casas que, con la puerta abierta, muestran su pequeño templo. Nos acordamos del conductor, que nos dijo que el 70% de la población en Bali es hindú. En esta religión se da especial importancia a los templos domésticos, que se utilizan principalmente para agradecer y dar ofrendas. Además, agradecen cada pequeño detalle (la luz del sol, el aire que respiran, la compañía de una buena conversación…) para compensar de alguna manera que después de la muerte no vamos a poder seguir agradeciendo. El conductor también nos explicó que esas pequeñas bandejas que habíamos visto por la calle eran ofrendas. Después de hacer la comida, las ponen en la entrada junto con flores y una pequeña muestra de lo que han comido. Normalmente es arroz, o galletitas saladas.

Ya en el Palacio, nos llamó la atención la gran cantidad de figuras que representaban a dioses hinduistas. Por lo visto, hay una estructura de equilibrio balinés (Tri Hita Karana): se divide el espacio en tres patios, cada uno más sagrado y privado que el anterior. Justo al lado se encuentra Pura Taman Saraswati, uno de los dos templos de agua de Ubud. Éste es famoso por sus estanques de loto y el otro, Pura Tirta Empul, es conocido por su rito de purificación con agua. No nos apetecía mucho el segundo porque habíamos oído que ese chapuzón aumentaba las probabilidades de Bali belly en un 50%. Si no lo sabes, Bali Belly es una gastroenteritis tremenda asociada al agua de aquí que nos suele dar a los occidentales al llegar a la isla. Puede que sea un bulo, pero por si acaso no fuimos al templo.
Pero volviendo al tema que nos ocupa, lo que ocurrió es que nosotros realmente vimos una cola y no dudamos en unirnos a ella, ya luego nos enteramos de que era el templo del agua de loto. Al entrar nos pusieron una indumentaria típica de allí y entramos a pasear por un puente con flores de loto y unos chorros de agua, que marcaban un bonito paseo. Intentamos hacernos los influencers pero también nos salió regulinchi, así que dimos una vuelta y seguimos nuestro paseo por la ciudad.

Pero no sólo fuimos a esos dos templos, todavía nos quedaba otro por descubrir. Aunque se llame Pura Dalem Ubud, nosotros lo llamamos el Templo de la señora Hello. Una de las cosas que más nos llama la atención de aquí es que te paran por la calle para ofrecerte taxis cada dos segundos. Al principio los declinas amablemente pero a las pocas horas ya ni los oyes. Cuando pasamos por este templo, pensábamos que era entrada libre, así que nos acercamos a la entrada para hacernos la foto. Cuando llevábamos casi 50 metros, nos dimos cuenta de que había una señora gritando «hello, hello, HELLO, HELLO!!» cada vez más fuerte. Resulta que había que pagar. Qué vergüenza… eso sí, la foto quedó divina.

Entre la ciudad y la jungla
Para ver la ciudad y sus caminos más escondidos, nos pusimos como objetivo un restaurante vegano a las afueras, y que el Google Maps hiciera su magia. La verdad es que fue una idea buenísima porque dejamos atrás los caminos de carretera con poca acera a caminos que parecían sacados de otra ciudad. La sensación era de estar cambiando de ciudad cada dos minutos. De repente, aparecía un camino estrecho rodeado de selva y se ensanchaba dejando ver un agujero enorme rodeado de jungla y ríos. Después, campos de arrozales y de nuevo caminos estrechos entre casas y pequeños templos. Había que andar con cuidado, porque el riesgo de mirar demasiado al paisaje y los templos era el de tropezar o meter el pie en algún agujero.

Llegamos al restaurante y como buenos guiris nos metemos en un porchecito donde se come sentado sobre un cojín. El restaurante era una pasada, estaba rodeado de vegetación y de campos de arroz donde se pueden ver cómo trabajaban. La descripción inicial del restaurante era que la mayoría de los ingredientes que utilizan son sacados de ese campo.

Para terminar el día, dimos el último paseo y cogimos un Grab de vuelta a casa. Esta vez tardamos una hora y media en llegar. Un poco de piscinita, relax y a dormir que hay que exprimir el segundo día en Ubud.
Monkey forest
Hoy nos despertamos para ir directos al Grab. Nos tocaba ir al Monkey Forest, una reserva de monos, pero no íbamos a ir con el estómago vacío. Fuimos un sitio que nos entró por lo ojos por las fotos que tenía de los boles de açai, algo que teníamos que probar en Bali. Resultó ser un lugar caro típico de Gym Bros, eso sí, limpísimo y con un trato excelente Hasta había seguridad en la puerta.

Habiendo probado un desayuno no tradicional pero bastante habitual en Bali (y tachado una cosa más de la lista), nos fuimos al monkey forest. Abría a las 9h, así que llegamos perfectos para no comernos mucha cola ni demasiada gente por el parque. Llegamos justamente cuando les daban el desayuno a los monos. Con un gritito de los cuidadores, muchos monos acudían a la llamada en búsqueda de su desayuno: mazorcas de maíz, papaya y boniato blanco.
Al principio nos sorprendió la cantidad de normas que había por todas partes: no mirarles directamente a los ojos, no tocarles, no tocar a las crías, no darles comida.. pero al momento nos dimos cuenta de que ese exceso de avisos ayudaba a que se creara un respeto por los animales, y la verdad es que se notaba en el ambiente. Los monos iban por su lado, algunos se acercaban mirando las mochilas, pero fuera de eso estuvieron muy bonicos. Una cosa que nos sorprendió es que los más jóvenes jugaban con piedras, utilizándolas para chafar hojas y así conseguir un olor que les gustaba.

El bosque en el que estaban, o más bien jungla, es una pasada. Era enorme y con mil tipos de árboles, flores, desniveles con puentes y ríos. Vimos también salamandras, ardillas y muchas mariposas. Después de pasar dos horas dentro del parque, emprendimos nuestra caminata al restaurante. Había una hora y media andando hasta allí y el plan era ver hasta donde aguantaba el cuerpo y si hacía falta se cogía un taxi.
Figuras y postureo
Por el camino paramos en un puesto de fruta ya que había que probar la fruta del dragón, que estaba pendiente desde el puesto de fruta del volcán Ijen. La señora nos lo cortó súper amablemente y nos lo comimos tan ricamente por el camino. Menos mal, porque todavía no eramos conscientes del rato de paseo que nos quedaba por delante.

Definitivamente Ubud no es un sitio para caminar. No ayudaba ni la circulación, ni la acera, ni el calor que estaba haciendo, pero nosotros somos bien cabezudos, así que aguantamos hasta nuestro siguiente objetivo. Llegamos al restaurante Teman Dedari, un lugar famoso por sus enormes estatuas balinesas que simbolizan ángeles celestiales de su mitología.
Es un lugar para hacer postureo máximo. El nivel era tal, que cuando llegas te piden nota y mientras te preparan la comida, te dicen que vayas a hacerte fotos. Nosotros estábamos bien sudados así que nos quedamos recobrando el aliento, no estábamos para muchas fotos.

Después sí, una vez comidos hicimos unas fotos, esquivando a los influencers más empalagosos y ya al hotel a descansar. Un poquito de piscina, la primera cerveza del viaje y a hacer mochilas que mañana toca Nusa Penida!

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