Desayuno laurentino y autobús
Empieza el día! Hoy nos despedimos de Yogyakarta de la forma más laurentina posible. Por una de las casualidades resulta que aquí es tradicional un plato que se sirve sobre una hoja de bananero. Es un plato de arroz con distintos condumios autóctonos, llamado Gudeg Yogya, con los colores blanco y verde que nos recuerda a San Lorenzo que se celebra hoy 9 de agosto en Huesca. Nuestra querida anfitriona nos lo prepara con ingredientes de proximidad, como fruta del dragón, tempeh o huevo macerado con un toque de leche de coco.

Ya desayunados, comenzamos una actividad con una empresa con la que estaremos tres días, viendo los volcanes Bromo e Ijen. El propósito del día es trasladarnos a la ciudad de Probolinggo, desde la que partiremos a la una de la madrugada para ver el amanecer junto al monte Bromo. Te dejamos una captura de Google Maps para que te hagas una idea del viajecito que nos esperaba.

Así, lo que parecía un cómodo viaje de 5 horas y media para el que teníamos todo el día, terminó siendo una furgoneta recogiéndonos en el hotel a las 7 de la mañana y un autobús dejándonos a las 7 de la tarde en Probolinggo. Y hasta allí fenomenal… si no fuera por el madrugón que nos esperaba.
Para estirar las piernas decidimos darnos una vuelta trotando y así veíamos el ambiente de la ciudad. Nos sorprendió que la gente allí parecía carecer de la amabilidad característica de los ciudadanos de Yogyakarta. Hacían bromas o ruidos raros cuando pasábamos para luego reírse, un poco extraño la verdad.
Amanecer en Bromo
Nos despertamos de sopetón con el sonido de la alarma, para arreglarnos las mochilas y dejar la habitación. Y, con 2 cafés a la 1:30 de la mañana, arrancamos el día (o la noche).
Nos llevan en bus a un punto de encuentro para presentarnos a los guías. Desde el autobús vemos a unos vendedores de gorros de lana que nos confirman que estamos ganando altura. Nos explica uno de los guías que en el punto al que vamos hay mucha gente. Por eso, recurrimos a una estrategia muy inteligente para juntar al grupo: en caso de dispersarnos, nos identificamos bajo la llamada de «Bibip!». Al principio nos parecía innecesario o hasta gracioso, pero fue una forma de saber en todo momento si la gente que nos rodeaba era de nuestro grupo (Bibip) o de otros, como «Ricola».
Desde allí, nos acercan en Jeep al punto de partida de la caminata. Las curvas y desniveles nos impedían recuperar el sueño acumulado. En esta parte, no pudimos evitar acordarnos de Sara 🙈
La excursión son unos 4 kms en subida que hacemos lógicamente a oscuras. Vemos bastantes caballos de los tenggeres, que son más pequeños y resistentes de lo habitual. Se ofrecían como ayuda para la gente que no pudiera subir andando hasta la cima, aunque sus clientes mas habituales fueran jóvenes instagramers asiáticos. Además, la subida se hizo un poco más intensa ya que no muy lejos de allí estaba habiendo un incendio, por lo que ambiente estaba algo cargado.
Escuchamos el primer Bibip! Y paramos en lo que sería la mitad de la subida. Nos dan dos snacks rebozados, uno de plátano y el otro de tempeh, además de nuestro querido café y seguimos. Casi en la cima, decidimos quedamos en unas escaleras a visualizar la salida del sol, porque arriba del todo es imposible quedarse debido a la multitud de gente.
El objetivo era ver el amanecer, así que allí estamos todos viendo cómo sale el sol por el horizonte y haciéndonos unas fotos preciosas. Hasta que de repente, con la luz, nos damos cuenta de que estábamos mirando donde no era. Nos giramos y vemos lo que realmente importa en esta excursión, que es el volcán Bromo. ¡Qué vergüenza! Aunque al menos nos pasó a casi todos y cayeron unas risas comentándolo 😅

Después de una buena sesión de fotos llega el momento de bajar y de retomar el Jeep. Nos dan un desayuno de pícnic y partimos rumbo hacia Bunyawangi con la sensación de que son las 6 de la tarde cuando en realidad eran las 9 de la mañana. Esta vez nos esperaban 5 horas en bus, en las que exprimimos cada segundo para dormir.
Una vez allí, nos hicieron un registro médico para ver si estábamos capacitados para hacer la excursión del día siguiente al volcán Ijen. Después de una exhaustiva revisión, que consistió en medirnos la tensión, nos dieron el visto bueno con un «perfect!». Acabamos el día cenando a las 17:30 de la tarde con Ana y Andrés, también miembros del Bibip Team, por cierto la segunda aragonesa que nos encontramos!
Y a dormir a las 20h que nos tocaba empezar el día a las 00h.
Amanecer en Ijen
Segundo madrugón intempestivo. Esta vez acompañado de un grupo aún más grande, por lo que las esperas se prolongan. Habíamos quedado a las 12 de la noche para salir, pero la furgo arrancó 50 min después, esperando al resto del grupo.
Llegamos al punto de encuentro, y nos dan allí las máscaras de antigás para poder ver las llamas azules. Desafortunadamente, ese día no se podía bajar a ver las llamas al natural, así que nos explican que las fabricarán ellos con un soplete dándole a la piedra para que veamos la reacción del azufre con el oxígeno. La llama que se produce solo es visible por la noche, por lo que tiene todo el sentido hacer la excursión a esas horas.
Con las instrucciones claras, empezamos con sueño la caminata, que poco a poco se va haciendo más vertical. Entre pausa y pausa descubrimos, bastante sorprendidos que lo estábamos llevando bastante bien. En el caso de necesitar ayuda, unos amables indonesios ofrecen hacer viajes de ida y vuelta en semejante vertical con unas carretillas de metal acolchadas, por el módico precio de 1 millón de rupias (unos 50€ al cambio), poco me parece.

Casi en la cima, nos enseñan cómo se crean las llamas azules. En la prueba, vemos como se derrite un trozo de roca, dejando a la vista un pequeño río de lava azul. Un fuerte picor en los ojos nos hizo entender por qué necesitábamos máscaras.
Visto esto, vamos directos a ver la salida del sol. Esta vez estamos decididos a mirar donde toca, que es al cráter que vamos rodeando conforme llegamos. La verdad, una maravilla! Se ve como los gases se posan sobre el agua que guarda el volcán, creando un efecto increíble y mostrando que sigue vivo.

Después de otra sesión de fotos, casi presenciar el despeñe de un instagramer y de ver una pedida de matrimonio, nos dan un café calentito y volvemos para abajo. La bajada se hace más durilla, al ser tan empinada las piernas se van cargando y vamos escuchando alrededor de nosotros algún resbalón que otro.
Una vez abajo, nos encontramos por sorpresa unos enormes puestos de fruta. Sin pensarlo, nos acercamos a que nos dejen probar todas las frutas exóticas que tienen. Probamos el durián, el lichi y finalmente nos quedamos con la fruta de serpiente y el mangostán. Buenísimos!

Desde el mercadillo, nos llevan en furgo hasta un restaurante donde tendríamos el último desayuno con el grupo. En nuestro caso, unas tortillas con verduritas. Ya con la tripa llena, nos ponemos en marcha al último y también tremendamente largo, camino a Ubud (Bali), donde acabaría la excursión.
El traslado consiste en furgoneta + ferry + furgoneta. Una vez en el puerto de Gilimanuk (en la isla de Bali), nos espera la segunda furgoneta. Jarra de agua fría al escuchar que los 120 km que nos separan de Ubud se convertirían en 4 horas sin contar paradas. Una vez en marcha, entendemos el porqué: una carretera como la que va a Ayerbe, pero llena de perros y monos, motos que se cruzan, vehículos de emergencia, pero sobre todo, camiones. 120 km así.
Una vez en Ubud, nos despedimos de nuestra experiencia con esta agencia y nos encaminamos al alojamiento a las afueras de la ciudad. Muertos pero contentos, nos vamos a dormir que mañana empieza la siguiente aventura por Bali.

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