A falta de pocos días para terminar el viaje, todavía no habíamos visto ninguna cascada. En Indonesia. Eso no podía ser. Así que contratamos a un conductor para pasar el día recorriendo el norte de Lombok y visitar Sendang Gile y Tiu Kelep.
Un mercado que ya nos sonaba
La primera parada fue en el mercado matutino de Tanjung. Si has prestado atención en ediciones anteriores, ya sabrás que un mercado en indonesio es un pasar, así que efectivamente estábamos en Pasar Tanjung.
Fue bastante parecido al Pasar Pandanan que habíamos visitado unos días antes, aunque esta vez nuestro conductor nos acompañó y nos fue explicando algunos de los productos y verduras que encontrábamos por el camino.

Después pusimos rumbo a las cascadas. Pero Mr. Tipman (ya explicaremos lo del nombre) parecía tener otros planes. Cada cierto tiempo paraba el coche para enseñarnos algo: campos de cacahuetes, árboles de mango, jacas, frutos secos…
Una cosa que nos sorprendió es la cantidad de árboles frutales que crecen directamente junto a las carreteras. Según nos explicó, hay tantos que tampoco pasa nada por coger algún mango o una jaca y llevártela a casa. Tentador.
Por fin, cascadas
Al llegar a Senaru esperábamos meternos de lleno en la jungla, machete en mano y sorteando todo tipo de peligros. En su lugar apareció Bill, un chico de 18 años que nos acompañó por una senda perfectamente preparada.
Tan preparada estaba, que vimos motos circulando por ella. Definitivamente, nuestra teoría de que en Indonesia se llega absolutamente a cualquier sitio en moto seguía acumulando pruebas.
El camino atravesaba un bosque lleno de bambú y monos hasta llegar a Sendang Gile, la primera y más pequeña de las dos cascadas. El acceso era muy sencillo y, después de unas cuantas fotos, seguimos hacia Tiu Kelep.

Aquí la cosa se puso un poquito más aventurera. Para llegar tuvimos que cruzar un tramo andando por el río, así que al menos conseguimos justificar mínimamente el calzado de trekking.
Tiu Kelep era bastante más espectacular, y también bastante más concurrida. Había incluso que esperar turno para hacerse la foto de rigor. Por suerte, cuando empezó a llegar el gentío nosotros ya nos íbamos. Mini punto para los madrugadores.

A los pies del Rinjani
Ya que estábamos por la zona, aprovechamos para comer con vistas al Rinjani, el segundo volcán más alto de Indonesia, con 3.726 metros.

La comida estuvo bien, pero las vistas ganaban por goleada. Y después de descansar un rato, nos quedaba la última visita del día: el poblado tradicional de Senaru.
Senaru y las expectativas
Mr. Tipman nos había explicado que allí podríamos ver cómo vivían tradicionalmente los sasak. Nosotros hicimos nuestra propia traducción mental y nos imaginamos una especie de museo vivo: gente enseñando técnicas de tejido, construcción, agricultura… Y llegamos esperando eso.
Pero allí no había ninguna representación preparada para nosotros. Había una pequeña agrupación de casas tradicionales, animales sueltos, algunas tiendecitas y familias haciendo su vida. Algunas construcciones nos parecieron bastante deterioradas y salimos con la sensación de que al lugar le faltaba conservación.

Después entendimos mejor nuestro error: Senaru no es una recreación de un poblado tradicional; es un poblado tradicional que continúa habitado. Nadie estaba allí esperando nuestra llegada para demostrarnos cómo se vivía antiguamente. Quizá los que llevábamos las expectativas equivocadas éramos nosotros.
Las dos carteras andantes
Todavía no hemos explicado por qué bautizamos a nuestro conductor como Mr. Tipman. Durante buena parte del viaje nos repetía que, si nos salía del corazón, podíamos dejar una propina. Como su inglés distaba bastante de ser de Cambridge y el nuestro tampoco estaba para recibir premios, entendimos que se refería a darle una propina a él al terminar el día. Lógico, había pasado un montón de horas con nosotros.
El problema es que poco a poco descubrimos que se refería también a las diferentes paradas. Nosotros habíamos contratado una excursión a precio cerrado y no habíamos previsto ir añadiendo pequeñas cantidades durante todo el recorrido.
Aun así, empezamos bien: propina para Bill después de las cascadas y también en el restaurante.
La confusión llegó en Senaru. A la salida nos pidieron un donativo voluntario para el poblado y Mr. Tipman volvió con su ya célebre «if it comes from your heart». Nosotros apenas llevábamos efectivo libre porque habíamos reservado los billetes grandes para pagarle la excursión, así que dejamos la calderilla que nos quedaba. Por las caras, no pareció que nuestro corazón hubiera estado especialmente generoso.
Ya en el coche decidimos aclararlo. ChatGPT mediante, conseguimos explicarle que en España las propinas no están tan normalizadas: podemos dejarlas cuando un servicio nos ha gustado especialmente, pero normalmente entendemos que el precio acordado ya incluye el trabajo de las personas que participan.
Y ahí descubrimos que, en realidad, ninguno de los dos había entendido del todo las expectativas del otro. Mr. Tipman nos dijo que no pasaba nada y llamó a su jefe para explicarle en perfecto indonesio que habíamos tenido un problema de comunicación.
Durante el viaje habíamos escuchado historias de otros viajeros que alguna vez habían tenido la sensación de convertirse en una especie de cartera andante. Hasta ese momento nosotros no la habíamos tenido prácticamente nunca. Ese día, durante un ratito, entendimos un poco mejor a qué se referían.
Y también aprendimos algo bastante útil: cuando viajas, no solo cambian la comida, el idioma o las carreteras. También cambian esas pequeñas normas sociales que todo el mundo da por supuestas y nadie se acuerda de explicarte.
Tradicional indonesio
Una vez en el hotel nos acordamos de Veronica y Remi, nuestros amigos filipinos del curso de cocina. Eran grandes aficionados a los masajes y nosotros, después de treinta y tantos años, nunca habíamos entrado en un salón de masajes. Había que solucionarlo.
Fuimos a Orchid Massage y nos encontramos con una carta interminable: facial, pies, espalda, cuerpo entero… Como tampoco queríamos venirnos demasiado arriba en nuestra primera vez, escogimos algo aparentemente inocente: una horita de masaje de espalda. Tradicional indonesio.
Entramos esperando alcanzar un nuevo estado de relajación espiritual. Salimos un poco doloridos. Somos unos viejetes ya.

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