Días 16 y 17: la cara aventurera de Lombok

En esta segunda etapa en Lombok nos pasaron las complicaciones que completan el viaje, para que pueda ser un viaje completo. Si solo fuera bueno, hubiera sido muy aburrido.

Nos vamos a una villa

Todo empezó con la cancelación de la excursión que más ilusión nos hacía: visita a Komodo en barco durante 4 días. Para quitarnos la pena, decidimos alojarnos en una villa, aparentemente de lujo, en Lombok.

Nos despedimos de nuestros maravillosos anfitriones de Pondok Asri y fuimos a la villa. Una vez allí, nos sorprendió lo complicado que era el acceso. Además, parecía que el mantenimiento no había sido su fuerte.

Así se veía el acceso a la villa. Como buenos mochileros, aceptamos el reto.

Una vez allí, nos encontramos un sitio muy chulo, con piscina para nostoros, un jardin amplio y sobre todo con espacios muy grandes.

Lujo en la jungla.

Mataram

Una vez deshechas las maletas, decidimos que era buena idea ir en moto hasta Mataram, la capital de la isla. Allí teníamos pendiente ir a una cafetería que nos habían recomendado nuestros amigos italianos. Si un italiano te recomienda café, intenta ir; si encima son dos, no puedes fallar.

Kopi Beans & Roastery

Llegamos a la cafetería y nos encontramos con un espacio pequeño pero muy bien aprovechado. El dueño consideraba que el café era un ritual muy familiar, por eso había convertido la antesala de la entrada de su casa en esta entrañable cafetería.

La colección de café de Kopi Beans & Roastery, en Mataram.

Tenía varias decenas de tipos de café y te dejaba olerlos para decidir cuál te ibas a tomar. Como era fácil confundirse entre tanto café, se sentaba con nosotros y nos preguntaba cómo nos gustaba el café: dulce, ácido, afrutado… ¡incluso había algunos macerados en vino!

Una vez sabías qué café querías, podías elegir entre 11 maneras de prepararlo. La verdad es que, como buenos cafeteros que somos, nos dejó boquiabiertos.

¡El café se podía preparar de TODAS estas formas!

Paseando sin moto

Después del café, queríamos dar un paseo por la ciudad. Para no dar vueltas en círculo, buscamos un restaurante vegano que tenía buena pinta (y estaba lejos) y para allá que fuimos.

Los desplazamientos en Indonesia son diferentes a lo que nosotros tenemos en mente. Aquí, todo está pensado para quien tiene un vehículo. Las ciudades y los pueblos se articulan alrededor de carreteras. De hecho, un taxista nos comentó que, si ve a un conocido caminando, asume que su moto se ha roto, y se ofrece a llevarlo. Lo último que está pensando es que «ha decidido ir andando». Tanto es así, que hemos visto motos hasta en sendas de montaña al lado de un precipicio. Muy loco todo.

Además, no nos cruzamos con ningún occidental en todo el trayecto. Vimos que la gente llevaba aceptaba nuestra presencia con mucha naturalidad. Incluso los niños en edad de primaria, te dan palique para practicar inglés. Aunque los más peques nos miraban con respeto. Incluso creemos que una familia tenía a su hijo (en pataleta) bajo la amenaza de que, si no se portaba bien, nos lo íbamos a llevar. Pasamos a su lado y su mirada lo dijo todo. Puro estilo hombre del saco.

Por fin, llegamos al restaurante, y muy bien.

Aventura «villana»

A la vuelta a la villa, teníamos la siguiente inquiteud: íbamos a estar en medio de la nada, sin comida ni bebida. Así que nos apetecía comprar al menos algo de fruta, agua potable y algo para el desayuno. Después de peinar varios supermercados y encontrar solo paquetitos muy pequeños de cosas muy artificiales… encontramos (música de paraíso): «EL PEPITO’S».

Por fin, fruta sin moscas ni plástico (by Pepito’s).

Así que, de noche, llegamos con las bolsas llenas a nuestra querida villa. Al descargar todo, vamos a ponernos cómodos y, al entrar al dormitorio, nos lo encontramos. «Spidey» nos esperaba en el cabezal de la cama para darnos las buenas noches. Había 3 problemas: no sabíamos si era venenosa, las puertas no nos aislaban bien del exterior y Spidey no tenía intención de irse. Por ese agujero entraron además una lagartija y 6 o 7 mosquitos. Vamos, todo un zoo.

Salimos a la piscina a reflexionar, y allí estaba el gecko, mirándonos desde ese agujero en la puerta… mientras un murciélago bebía en la piscina.

«¿Te vas a comer esos mosquitos?». El sr. Gecko.

Entendemos que Lombok está en un paraje tropical y que insectos, arañas y geckos forman parte de su hábitat. Lo que nos preocupó fue que las habitaciones estuvieran tan expuestas al exterior, dejando que esta fauna nos visitara por la noche. Así que cogimos los más rápido que pudimos las mochilas y la compra, y nos cambiamos a otro alojamiento.

También es cierto que la historia tuvo final feliz, ya que los dueños lo entendieron y nos devolvieron el dinero de la villa. Si es que somos unos flojos…

Curso de cocina

Antes de empezar el viaje, nos llamó la atención que mucha gente recomendaba hacer un curso de cocina en Indonesia. No es el típico plan que se te viene a la cabeza cuando planificas un viaje, pero las críticas eran tan buenas… que para allá que fuimos. Nos decidimos por el Food Lab Senggigi, un curso con muy buena puntuación que incluía opciones veganas.

Chris, un griego entrañable de avanzada edad que llevaba casi 2 décadas viviendo en Indonesia, vino a recogernos al hotel. Por el camino, conocimos a Veronica y Remi, unos filipinos muy simpáticos con los que compartimos la experiencia. Una vez allí, nos unimos a un grupo de 5 chicas alemanas que venían de viaje de estudios. Y allí estabamos los 9, escuchando al ya jubilado ingeniero agrónomo, describiendo su enorme huerto: peces gato, aguacates, mangos, tomates, papayas, jacas, albahacas de diferentes tipos, coliflores, boniatos…

Chris explicando que usaba girasoles para atraer a los insectos y proteger el resto del jardín.

Después de un tentempié con fruta de su huerto, nos pusimos manos a la obra. Había que cocinar 11 platos entre todos, que luego compartiríamos en la mesa. Salma fue la profesora que nos tocó, una javanesa pequeñita, con mucho carácter pero a la vez muy divertida.

A Eva, le tocó cocinar un rendang de jaca. El rendang es un tipo de guiso, para el que había que preparar unas verduras molidas y luego pasarlo por la sartén. La jaca (jackfruit en inglés) se supone que tiene una textura parecida a la carne, así que actuaría como substituto. Sin embargo, la textura se parecía más bien a una alcachofa.

Pero alguien tenía que hacer la ensalada. Alguien con buenas manazas. Así que Carles se encargó del Urap Sayur. El nombre viene del indonesio urap, que significa mezclar con las manos, y sayur, que son verduras. Además, se acompañaba de un picadillo con coco que le daba todo el rollete.

El resultado del esfuerzo colectivo.

El verdadero lujo de Senggigi

Ese día por la tarde, recibimos un mensaje en Instagram: nuestros nuevos amigos filipinos nos invitaban a tomar un cóctel después de cenar. No nos lo podíamos perder, así que fuimos andando hasta allí. Y menos mal que fuimos, porque el sitio era una pasada!

Para empezar, todo formaba parte de un resort enorme llamado Qunci. Decenas de casas individuales de estética brutalista, conectadas por largos pasillos de piedras sobre el césped, piscinas individuales y, al final, varios restaurantes elegantes a pie de playa. Se nos ocurrió mirar el precio de una noche y entendimos por qué nos gustaba tanto: 600€ la noche en un país que te sirve un menú completo por 4€.

 Allí nos pedimos unas piñas coladas, y nos lo pasamos genial con Veronica y Remi. Por ratitos como ese merece la pena viajar.

¿Te ha gustado? Pásaselo a quien quieras.

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